viernes, 18 de enero de 2008

Aznar, Rato y Cascos contra Gallardón




Pablo Sebastián
La expulsión de Gallardón de la lista del PP en Madrid no ha sido fruto de un breve debate, de última hora, ante Rajoy en el que Esperanza Aguirre lanzó su órdago: o vamos los dos en las listas, o no va ninguno. No ha sido así. La reunión del pasado martes ha sido una simple escenificación de algo que había sido preparado, desde hace un par de meses como poco, y pactado con Rajoy en los últimos diez días tras las conversaciones que el presidente del PP mantuvo, en secreto, con José María Aznar, Francisco Álvarez-Cascos y Rodrigo Rato a lo largo de la anterior semana y en las que Rajoy les pidió opinión sobre esta cuestión.

Naturalmente, Rato y Álvarez-Cascos ya se sabía que estaban del lado de Aguirre. De hecho, el ex ministro de Fomento lo dijo públicamente hace pocos días, cuando declaró que se oponía a la presencia de alcaldes del PP en las listas del Congreso, argumento que ha resultado fallido visto que, al final, otros alcaldes sí son primeros candidatos del PP. La buena relación de respeto mutuo y de amistad de Álvarez-Cascos con Aguirre es conocida en Madrid, y ha servido para que algunos observadores hayan dicho que si Esperanza Aguirre se convierte en presidenta nacional del PP, el político asturiano podría regresar a la política activa, recuperando su anterior cargo de secretario general del PP, cuando el partido funcionaba como un reloj y ganaba las elecciones generales de 1996.

Lo de Rodrigo Rato es similar pero de otra manera. Rato y Aguirre han militado en el llamado “ala liberal” —hoy ultraconservadora— del PP, y tras la salida del ex vicepresidente económico de la política, Aguirre se encargó de colocar en la Comunidad de Madrid a muchos de los ex colaboradores de Rato, incluida su ex mujer. En los últimos meses, Rato ha aparecido en un par de actos públicos/empresariales de Aguirre, y seguro que, al igual que Álvarez-Cascos, ha mantenido en los últimos años un hilo directo, y casi continuo, con la presidenta madrileña.

No sería nada de extrañar que los dos ex vicepresidentes de Aznar (que por cierto no pueden ver ni en pintura a Rajoy) hayan hablado juntos sobre la batalla de Aguirre con Gallardón y de la estrategia a seguir para ayudar a su pupila. No en vano, los dos, tiempo atrás, ya animaron a Aznar a dejar la presidencia de Castilla y León para saltar sobre el liderazgo nacional del PP. Y esa estrategia es la que usó Aguirre para provocar la liquidación de Gallardón, con el órdago de o los dos (lo que le ponía los pelos de punta a Rajoy) en el Congreso de los Diputados, o ninguno.

O sea, Rato y Álvarez-Cascos han estado, con seguridad, en la operación de Aguirre contra Gallardón, y ése habrá sido el mensaje que transmitieron a Rajoy en las reuniones secretas de la pasada semana. Pero ¿y Aznar? Pues, muy a pesar de que Ana Botella está con Gallardón en el Ayuntamiento de Madrid, todo apunta a que Aznar está también en el bando de Aguirre, al igual que ocurre con Acebes y Zaplana. Porque el presidente de FAES lo primero que parece tener claro es que Rajoy va a perder las elecciones, que es lo mismo que piensan Rato y Álvarez Cascos —y más de media España—, y en ese caso Aznar sólo tiene, al día de hoy, en el PP dos soluciones: la de regresar a la política para ponerse él mismo al frente del PP —no parece que las encuestas beneficien esa hipótesis, por el rechazo que provoca—; o darle su apoyo a Aguirre, que es quien mejor interpreta el discurso aznarista de “la derecha sin complejos”, aunque ese discurso fuera el que los llevó a la gran derrota electoral del 2004 y a los graves errores de su último mandato como presidente del Gobierno.

Porque Aznar sabe que Gallardón —al que acaban de entronizar entre todos en el pedestal del centro— está más por la derecha civilizada y centrada que por los “neocon” que adora Aznar. Y aunque el ex presidente del Gobierno y del PP aparenta una cierta imparcialidad ante la disputa madrileña, todo apunta a que Aznar se ha puesto del lado de Aguirre, escoltado por sus dos lugartenientes, Zaplana y Acebes, y probablemente le aconsejó, como Rato y Álvarez-Cascos, a Rajoy que excluyera a Gallardón de la lista de Madrid.

Y luego vino el golpe de mano del martes, tras el fichaje de Pizarro —otro que podría estar en la “pomada”, alertado y fichado por Aznar— con una burda escenificación de reunión a cuatro, cuando tres de ellos, todos menos Gallardón, sabían lo que iba a ocurrir, convencidos de que el alcalde estaba fuera del juego, lo que resultó cierto.

Porque Gallardón supo el ultimátum de Aguirre horas antes de la reunión en Génova, alertado en las primeras horas de la tarde del martes por ESTRELLA DIGITAL. Y en ese momento no daba crédito a la noticia. E incluso creyó que en la operación no estaba implicado Aznar porque seguro que pensó que, en ese caso, algo le habría dicho Ana Botella. ¿Y si Botella no sabía nada, o si lo sabía y se lo ocultó al alcalde? También es probable.

Lo cierto es que “entre todos lo mataron y él solito se murió”. Y que Rajoy, al final, se quedó encantado con la operación que le han hecho otros —a él todo esto le daba mucha pereza—, con los que creyó haberse cubierto las espaldas en el apuñalamiento del César madrileño en la mismísima calle Génova del gran Madrid. Al tiempo, piensa Rajoy —con grandes dosis de optimismo— que, sin Aguirre ni Gallardón en el Congreso de los Diputados, él podría seguir como líder de la oposición aunque pierda las elecciones o aunque no gobierne. Y por eso dijo ayer, en relación con esta crisis, que había tomado la decisión que más le conviene “a él”. Es posible que así sea, pero para perder las elecciones, la presidencia del Gobierno y también el liderazgo del PP.


No hay comentarios: